El ribereño y Manuelzinho de Elizabeth Bishop.

Traslaciones

Bishop /Moure

[Poemas de Elizabeth Bishop]

El ribereño

(Un hombre en un lejano pueblo amazónico decide convertirse en sacaca, un hechicero que trabaja con espíritus del agua. Allí se considera que el delfín  de río posee poderes sobrenaturales: Luandinha es un espíritu de río que se asocia con la luna, y el piracucú es un pez que puede pesar más de cuatrocientas libras. Estos y otros detalles en los que se basa este poema fueron extraídos de Amazon Town, de Charles Wagley)

 

De E. Bishop

 

Desperté por la noche

porque el delfín me habló.

Cantó debajo de mi ventana,

oculto entre la niebla del río,

y lo distinguí— un hombre igual que yo.

Boté mi frazada, traspirando;

hasta me saqué la camisa.

Bajé de mi hamaca, desnudo,

y lo vi a través de la ventana.

Mi mujer dormía soltando ronquidos.

Oyendo al delfín delante,

fui río abajo,

la luna ardía deslumbrante

como una lámpara de gas incandescente,

cuya llama se alza muy arriba,

justo antes de empezar a quemarse.

Fui río abajo.

Escuché al delfín susurrar

cuando se metió en el agua.

Me quedé ahí oyéndolo

hasta que me habló desde los márgenes del río.

Vadeé las aguas

y repentinamente

desde el interior de la corriente

una puerta se abrió,

gimiendo un poco, con parte

del dintel hinchado por la humedad.

Miré mi casa atrás,

blanca como una prenda limpia

olvidada en un asiento,

y por primera vez pensé en mi mujer,

pero sabía lo que ella estaba haciendo.

 

Me dieron cachaça en una concha

y cigarros armados.

El humo rosa era como el vaho

que ascendía del agua, y nuestras exhalaciones

no formaban burbujas de ningún tipo.

Bebimos cachaça y fumamos

unas raíces tiernas con brotes. El cuarto

se llenó de un humo gris-verdoso,

mi cabeza no pudo estar más mareada.

Luego, una alta y hermosa serpiente,

en un elegante traje blanco de satén,

con sus grandes ojos verdes y dorados

como los faros de los buques de vapor sobre el río—

sí, Luandinha, no podía ser otra—

entró y me saludó.

Ella lo hizo en un idioma que no conozco,

pero cuando sopló el humo de su cigarro

en mis oídos y por las ventanas de mi nariz,

comprendí como un perro,

pero no pude emitir palabra todavía.

Ellos me mostraron uno por uno los cuartos

y me llevaron desde acá hasta Belém

y regresamos en un minuto.

De hecho, no estoy seguro dónde fui,

pero fueron millas bajo el río.

 

Hasta ahora tres veces he estado allí.

No como pescado desde entonces.

Tengo una delgada capa de barro en el cuero cabelludo,

cuando huelo mi peine sé

que el río huele como mi cabello.

Mis manos y pies están helados.

Mi esposa dice que me veo amarillo

y me prepara tés repugnantes,

que boto a sus espaldas.

 

Cada noche iluminada por la luna

vuelvo nuevamente.

Ya conozco algunas cosas,

pero me exigirán años de estudio,

todo eso es tan difícil.

Me dieron un sonajero moteado,

una ramita de coral verde pálido

y unos hierbajos especiales como el tabaco.

(Están debajo de mi canoa).

Cuando la luna brilla sobre el río,

oh, más rápido de lo que podrías imaginar

viajamos sobre y debajo de la corriente,

nos desplazamos de aquí hasta allá

debajo de las canoas flotantes,

justo a través de trampas de mimbre,

cuando la luna brilla sobre el río

y Luandinha da una fiesta.

Tres veces atendí su llamado.

Sus dormitorios relucen como la plata,

con una luz en lo alto,

una rama firme de luz,

como en el cine.

 

Necesito un espejo virgen,

uno en el que nunca nadie se haya mirado,

uno en el que nunca nadie haya mirado atrás,

para que me guiñen los espíritus

y me ayuden a reconocerlos.

El almacenero me ofreció

una caja de espejos pequeños,

pero cada vez que levantaba uno

un vecino miraba por encima de mi hombro

y ese inmediatamente quedaba estropeado—

inútil, eso es, no servía para nada,

salvo para que las chicas reflejen sus labios en él

y examinen sus dientes y sonrisas.

 

¿Por qué no debería ser ambicioso?

Sinceramente, quiero ser

realmente un sacaca,

como Fortunato Pombo,

o Lúcio, o incluso

como el gran Joaquín Sacaca.

Mira, tiene un sentido

que todo lo que necesitamos

podemos conseguirlo del río.

Él desagua por las selvas; recorre

por los árboles y plantas y rocas

por casi la mitad del mundo,

desliza por el propio corazón

de la Tierra el remedio

para cada una de las enfermedades—

uno solo debe saber cómo encontrarlo.

Todas las cosas deben estar ahí,

en ese barro mágico, entre

la multitud de peces,

letales o inofensivos,

el gigante pirarucús,

las tortugas y los cocodrilos,

los troncos de árboles y las canoas sumergidas,

con el cangrejo de río, con los gusanos

de pequeños ojos eléctricos

que se encienden, se apagan y se encienden.

El río inspira la sal

y la exhala nuevamente,

y toda su dulzura queda ahí

en lo profundo, en el limo encantado.

 

Cuando la luna arde en blanco

y el río hace ese sonido

como una Primus cuando bombea alto—

ese rápido y agudo susurro

como si viniera de cien personas al unísono—

estaré ahí abajo,

como la tortuga que sisea

y el coral que da la señal,

viajaré tan rápido como un deseo,

con mi capa mágica de pez,

desviándome como giro,

siguiendo las venas,

las largas, largas venas del río

para encontrar los elíxires fundamentales.

Padrinos y primos,

sus canoas están sobre mi cabeza;

escucho sus voces hablando.

Pueden mirar abajo y más abajo

y dragar el fondo del río,

pero nunca, nunca me encontrarán.

Cuando la luna brilla y el río

se acuesta sobre la tierra

y se amamanta de ella como un niño,

voy a trabajar,

para poder darte salud y dinero.

El delfín me eligió,

y Luandinha lo secundó.

 

Manuelzinho

[Brasil. Habla una amiga de la escritora]

 

Medio okupa, medio inquilino (nunca paga alquiler)―

dice que es una especie de herencia; blanco,

de unos treinta y tantos; supuestamente

me ibas a ayudar con las verduras del huerto,

pero no lo haces, o no lo harás, o no puedes―

el peor jardinero del mundo desde Caín.

En cambio, en lo alto tus jardines

encandilan mis ojos. Tienes en los límites

de tu casa repollos plateados

con claveles rojos, y sembraste

lechugas con alisos. Luego,

paraguas de hormiga vienen,

llueve fuerte por una semana,

y todo el huerto se me arruina de nuevo,

y te compro más semillas,

importadas, garantizadas,

y, de vez en cuando, me traés

una zanahoria mística de tres patas

o un zapallo “más grande que un bebé”.

 

Te veo trotando, con los pies descalzos,

entre la lluvia y la luz, subiendo

los caminos que vos mismo hiciste―

o que tu padre o tu abuelo hicieron―

y que llegan hasta mi propiedad,

te veo la cabeza y la espalda

cubiertas por una mojada bolsa de arpillera;

y siento que no puedo soportar la situación

por un minuto más; luego,

adentro, al lado de la estufa,

retomo la lectura de un libro.

 

Me robas los cables del teléfono

o alguien lo hace. Por tu hambre

la de tu caballo la de tus perros y la de tu familia.

A pesar de esa variedad infinita,

comes tallos de repollos cocidos.

Y una vez que te grité

fuerte para que te apuraras

y me trajeras unas papas,

tu sombrero agujereado se te salió y voló,

y vos saltaste soltando tus chinelas,

dejando tres objetos que formaron

un triángulo al lado de mis pies,

como si hubieras sido el jardinero

de un cuento de hadas todo este tiempo,

y con la palabra “papas”

te hubieras esfumado para volver a tu rol

de príncipe de hadas en algún lugar.

Solo a vos te ocurren las cosas más extrañas.

Tu vaca come una “hierba venenosa”

y cae muerta enseguida.

Ninguna otra vaca del lugar se muere.

Y luego muere tu padre,

un hombre de edad bien avanzada,

con un negro sombrero de felpa, y bigote,

como una despatarrada gaviota blanca.

La familia se reúne, pero vos

no, vos decís: “¡No creo que él esté muerto.

Yo lo he visto. Está frío.

Lo entierran hoy.

Pero, entiéndeme, yo no creo que esté muerto!”.

Te doy plata para el funeral

y vos vas y alquilas un bus

para la comodidad de todos los dolientes,

así que tengo que darte más plata,

y luego te escucho diciéndome

que ¡rezarás por mí toda la noche!

 

Y luego vienes nuevamente,

llorando y tiritando,

sombrero en mano, con esa anhelante

cara como un puñado de violetas azules y blancas

en manos de niños, fingiendo

indiferencia al amanecer,

y una vez más yo te financio

una inyección de penicilina

en la farmacia, o una botella más

de un Jarabe Eléctrico Infantil.

O, enérgico, venís a querer arreglar

lo que llamamos nuestras “cuentas”,

con dos viejos libros de notas,

uno con flores en la tapa,

el otro, con un camello. Confusión

inmediata. Te olvidaste

de los puntos decimales.

Tus columnas se tambalean,

una colmena de ceros.

Vos susurras con aire de conspiración;

los montos de los números llegan a millones.

¿Son libros de cuentas? Son Libros de Sueños.

En la cocina soñamos juntos

cómo los dóciles deben habitar la tierra―

o muchas hectáreas con minas.

 

Con bolsas azules de azúcar sobre sus cabezas,

llevando su almuerzo,

tus hijos corren huyendo de mí,

como pequeñas moles sobre el suelo,

o se agazapan entre los arbustos

¡como si yo fuera a cazarlos!

―Imposible hacernos amigos,

aunque cada uno vendrá a arrebatarme

una naranja o un caramelo.

 

Torcidos entre jirones de niebla,

los veo a todos ahí

al lado de Formoso, el burro,

que rebuzna como una bomba que se quedó seca,

y luego, inmediatamente, se detiene.

―Todos simplemente de pie,

mirando entre la niebla y el horizonte.

O bajando de noche,

en silencio, salvo por los cascos,

bajo una tenue luz lunar, porque

el caballo o Formoso tropiezan después.

Entre nosotros flotan un tanto

grandes, suaves, de un azul pálido,

lentas luciérnagas,

una medusa de aire…

 

Remiendo sobre remiendo sobre remiendo,

tu esposa mantiene a todos vestidos.

Ella ha  estado encima y encima

(mejor prevenir que lamentar)

de tu par de pantalones azul claro,

con hilo blanco, y por estos días

tus piernas son representadas en un plano de costura.

Vos pintas ―solo Dios sabe por qué―

la parte de afuera de la corona

y el borde de tu sombrero de paja.

¿Quizás para que el Sol se refleje?

O quizás porque cuando eras muy chico,

tu mamá te dijo: “Manuelzinho,

una cosa: asegúrate de tener

siempre pintado tu sombrero de paja”.

Uno fue dorado un tiempo,

pero lo dorado se le perdió, como un plato.

Otro fue verde claro. De manera nada amable,

por eso te llamé “Chico Clorofila”.

A mis visitas le parecía chistoso.

Ahora me disculpo sinceramente.

 

Vos, hombre inútil y tonto,

te quiero todo lo que puedo,

eso creo. ¿Acaso no es así?

Me saco el sombrero sin pintura,

metafóricamente, ante vos.

Y te prometo de nuevo mejorar.

 

 

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