Una voz se queda sin ella

Amalia Iglesias Serna

 

La escritora boliviana Emma Villazón Richter estaba haciendo su doctorado en Santiago de Chile y el pasado mes de agosto viajó hasta La Paz para participar en la Feria Internacional del Libro. En el aeropuerto, cuando regresaba a Chile, sufrió un derrame cerebral que acabó con su vida. Sólo tenía 32 años, pero era una de los valores en alza de la literatura boliviana.

 

En su despedida los diarios titularon que con ella «se apagaba la voz de una generación». En 2007 había ga- nado el Premio Nacional de Noveles Escritores de su país con el libro Fábulas de la caída. Y en 2013 publicó su segundo poemario, Lumbre de ciervos. Estaba a punto de entregar su nuevo libro Temporarias, que se publicará en los próximos meses, al que pertenecen los poemas que adelantamos en este número.

 

En esa última intervención pública de La Paz, Emma Villazón pronunció una conferencia sobre «La poesía de ayer y hoy en Bolivia» y en ella trazó lo que son algunos de los principios de su poética: la reivindicación del lenguaje poético como «inquietud», como «perturba- ción contra lo convencional» y «acto de resistencia frente al mundo» y «gesto desestabilizador de lo acomodaticio», defendió la idea del poeta como alguien que sabe, sobre todo, «escuchar al poema».

 

Le encantaba la poeta rusa Marina Tsviétaieva, a la que se refería como «mi Marina», pero también otras voces como las de Alejandra Pizarnik, Sylvia Plath, Emily Dickinson, Clarice Lispector, Marosa de Giorgio,…). Tenía las ideas muy firmes «contra el chato realismo de los poetas de la certidumbre». En coherencia con esas ideas sus poemas entrelazan mundos oníricos con la vivencia cotidiana, las sensaciones con los deseos, la quiebra sintáctica no elude la referencia comprometida con su identidad, con su origen y la vivencia del transtierro.

 

Los poemas inéditos que publicamos, (gracias a la amable disposición de su marido, el también poeta Andrés Ajens) los definió ella misma como «una polifonía de voces e historias de trabajadoras, y pasajes más íntimos, de voz indeterminada, ligados con estados de introspección y la experiencia de la extranjería», «una búsqueda poética que se confía al delirio como espacio donde la lengua se desajusta, donde el o los sentidos pueden alcanzar un grado indefinido, o un nivel intermedio entre lo legible y lo ilegible».

 

Desde esa perspectiva, los poemas de Emma Villazón multiplican su sentido mucho más allá del mero retrato de la realidad. Una voz que queda sin ella.

 

 

Agregar un comentario