Apuntes para una charla

(Santiago, mayo, 2014)

Es común que durante nuestra formación universitaria recibamos los términos “literatura latinoamericana” y “crítica literaria latinoamericana”, pero muy pocas veces nos detenemos ante ellos para considerar los sentidos que, digamos, se están traficando de manera subyacente. Con el tiempo, parecería que son un “campo de estudio” que nos toca por ser nada menos que “latinoamericanos” y estar viviendo en “Latinoamérica”, y porque, digamos, este “campo de estudios” forma parte de nuestros programas de estudio.

Pensando en eso, me he animado a proponerles que conversemos sobre esto, así intercambiamos opiniones sobre la experiencia que cada uno ha ido teniendo desde su formación, y, desde luego, desde su experiencia de lectura sobre esto que sería la “literatura latinoamericana”.

He escrito unas cuantas preguntas que pretenden comenzar la discusión. Las preguntas surgen como inquietudes de la lectura de dos artículos “El entre-lugar del discurso latinoamericano” del escritor brasilero Silviano Santiago y “Hacia una genealogía del latinoamericanismo”, del crítico brasilero Idelber Avelar. Sería ideal que quienes no conocen los textos, los lean, así estaremos más contextualizados.

  1. Si partimos de que la denominación “literatura latinoamericana” y “crítica latinoamericana” remiten a un espacio cultural que existe a través de su oposición con Europa y Estados Unidos, principalmente, dentro de un espacio mundial donde las identidades están repartidas…, ¿debemos entender a la literatura latinoamericana y la crítica latinoamericana como escrituras que se distinguen porque sus autores (literatos y académicos) han nacido en ese territorio?, ¿es decir, solo por el lugar del nacimiento?

 

  1. Si seguimos la propuesta de revisar la genealogía del pensamiento latinoamericanista, como propone Avelar, para observar cómo el “latinoamericanismo” es una construcción discursiva intencionada y no un fenómeno natural, perceptible, vemos que este texto se caracteriza por discontinuidades, una narrativa épica, triunfalista, y a la vez que, en el siglo XX, se ha constituido como un discurso de resistencia al mercado (Martí: la estética como una reserva no contaminada por el mercado –a fin de hacer la oposición con Estados Unidos; luego Rodó y otros), y de resistencia política (con Martí, luego O. Paz y otros), en cuanto a que “América Latina debía volver sus ojos hacia sí para ver sus problemas”, como dice Martí… Pero sobre todo, vemos, gracias a lo que apunta Avelar, que esta construcción discursiva “delimita un campo de inclusiones y exclusiones a través de dos procesos inseparables de condensación y desplazamiento”.

 

Frente a lo cual, la propuesta de Avelar pareciera ser: “Estas inclusiones y exclusiones no pueden funcionar, como ya lo he señalado, sin silenciar las discontinuidades del pasado”; lo cual creo que apunta a señalar que el latinoamericanismo, por su tono épico, tiende a ocultar no solo las discontinuidades (que pondrían en jaque lo épico), sino también la relación de que “lo propio siempre está contaminado por lo ajeno”.

 

Ante “este silenciamiento que hace de la barbarie”, en palabras de Avelar, el latinoamericanismo corre el riesgo de ser cómplice de la neocolonización o hegemonía mundial. Cito a Avelar:

 

¿Qué pasaría si el materialismo, el tecnicismo, la racionalización, el autoritarismo, todos aquellos elementos identificados por esta tradición como “deshumanizantes” y “egoístas” mostraran compartir las mismas premisas o el mismo suelo que el humanismo que esta tradición reclama para sí misma? ¿Y si el humanismo –el mismo postulado de una esencia humana común, del “hombre” como un sujeto autónomo y dueño de su historia, etc.– hubiera sido posible precisamente gracias a la tecnificación que superficialmente pareciera negar? ¿Qué pasa si el humanismo latinoamericanista es el cómplice no confesado de aquella racionalización a la que parece oponerse? (4)

 

Este texto, de alguna manera, nos sugiere la paradoja que silenciosamente encarna el latinoamericanismo: este ha surgido desde el seno de la modernidad deshumanizante contra la cual se opone o intenta oponerse, lo cual convierte a este pensamiento en heredero de los mismos elementos egoístas y humanistas o deshumanizantes. Ahora, me parece que el punto acá es estar alertas ante esto y no hacer al latinoamericanismo cómplice o una racionalización más que se acople a la modernidad…

 

Creo que la pregunta ante esto también es ¿cómo leer la literatura “latinoamericana” desde esta perspectiva, sin caer en el conocido discurso “latinoamericanista”, dueño de su fábula identitaria de personajes héroes y verdugos fijos, o sea personajes tipos?, ¿cómo mostrar que lo propio está atravesado por lo ajeno, sin adherir a la globalización o al neoliberalismo?, ¿cómo mostrar que lo propio atravesado por lo ajeno puede ejercer una resistencia política, sin necesidad de afirmarse en una trinchera que defienda únicamente lo propio?

 

A estas alturas, después de la tradición de intelectuales de los 70 y 80, hay algunos escritores (escasos) que logran desmontar el latinoamericanismo y escribir sobre escritores latinoamericanos con una mirada distante del pensamiento de los 70, y no menos política. Justamente, creo, sin necesidad de echar flores, que el libro de Andrés, La flor del ex – término, hace eso… Por eso creo que aportará mucho a la conversa… aunque previamente sé que criticará todo lo que propongo… (ja, ja)

 

  1. También, creo que el artículo de Silviano Santiago se puede leer junto con el de Avelar porque cuestiona a ese latinoamericanismo, en especial a una tradición de la crítica literaria latinoamericana y trata de abrir nuevos caminos en la lectura de las obras de “esos quijotescos autores”, al decir de Silviano. Justamente, desde el primer epígrafe con el que empieza su texto, muestra cómo la relación entre conquistado-conquistador es móvil:

 

El jabutí que solo tenía una especie de cáscara blanda y se dejó morder por la onza que lo atacaba. Morder tan profundamente que la onza quedó pegada al jabutí y acabó por morir. Con el cráneo de la onza, el jabutí hizo su escudo.

Antônio Callado, Quarup*

[traducción intra-latinoamericana como entre-lugar de lo mismo]

 

Luego traslada esta metáfora a la situación del escritor latinoamericano, atacando, con sobrada razón (creo yo), a los críticos que se han remitido al estudio de las influencias y las fuentes de las obras, como si el autor fuera una especie de receptáculo pasivo que solo toma o recibe las escrituras consagradas de afuera y las vomita en el papel. Para poder llevar a cabo lecturas que les hagan más justicia a estos autores, propone leer la escritura latinoamericana como una “traducción global”, es decir, como un trabajo de intertextualidad:

 

“Como el signo se presenta muchas veces en una lengua extranjera, el trabajo del escritor debe ser comprendido como una especie de traducción global, de pastiche, de parodia, de digresión y no como una traducción literal. El signo extranjero se refleja en el espejo del diccionario y en la imaginación creadora del escritor latinoamericano, y se disemina sobre la página blanca con la gracia y el artificio del movimiento de la mano que traza líneas y curvas. Durante el proceso de traducción, el imaginario del escritor está siempre en el escenario”.

 

Sobre esta cita, me interesa compartir unas preguntas:

 

¿Cómo leer este proceso de traducción global?, ¿significaría que el texto del autor latinoamericano debería leerse como una traducción que recoge lo propio y lo extraño?, es decir: ¿la traducción/escritura como un entre-lugar?

 

Pero ¿acaso toda escritura (sea o no latinoamericana) no es también un entre-lugar, un intertexto que reúne más de un texto?

 

Si ese, evidentemente, no es el rasgo que diferencia a la escritura latinoamericana del resto, ¿habría que considerar que podría ser la figura del escritor latinoamericano como el “antropófago” que devora lo otro con una distancia crítica para crear un texto donde se marca una diferencia?, ¿cómo leer esta diferencia?

 

¿La intertextualidad que produce este antropófago debe estar dialogando siempre con los textos de las culturas modernizadoras? Caso contrario, ¿se la considerará neocolonizada?, ¿A esto se refiere con que las lecturas y escrituras del escritor latinoamericano nunca son inocentes, sino culpables?

 

Siguiendo la propuesta del entre-lugar, ¿se puede seguir hablando de que una escritura latinoamericana tiene dos derivas: ser crítica o cómplice?, ¿a esto se refiere Silviano cuando dice que el escritor latinoamericano se caracteriza porque “Hablar, escribir significa: hablar contra, escribir contra”.

 

Y finalmente:

 

¿Cuál ha sido su experiencia como escritores latinoamericanos (¿salvo Thomas?) y lectores de una “literatura latinoamericana”, ¿cómo abordan esto?

 

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