Todavía oímos tu miel

Vilma Tapia Anaya

 

Tarde me llegaron los libros de Emma Villazón Richter. Tarde respecto a su publicación. Muy puntuales respecto a las correspondencias que ocurren en el vivir. La conocí el año 2006 y ahora me apena que el momento en que sostuvimos ese diálogo que se transcribió en El Batiscafo, revista literaria con la que Emma colaboraba, yo no había leído sus poemas.

 

Atenta, amable, mucho menor que yo y aun más joven de lo joven que es hoy y para siempre en el recuerdo, Emma me envió un ejemplar de la revista desde Santa Cruz, en sus páginas aparecía la entrevista y un poema suyo. No obstante sus ojos grandes y su palabra inteligente anunciados por Gary Daher Canedo, quien posibilitó nuestro encuentro, solo vino a mí el asombro cuando leí su poema. Lectora, receptora, intérprete en el sentido más antiguo, Emma había elegido un epígrafe de Homero: “Y vi a Sísifo, que sufría grandes tormentos conduciendo una inmensa roca con las dos manos… “. Su poema “Instantánea de un hombre”, decía líneas abajo: “… desde el fondo unos recuerdos se elevaban tan puros / como animales de humo que te enredaban en su resplandor.” Y concluía de una manera muy bella y misteriosa: “Nadie sabría cómo podías reconocer en el aire el abandono / y ordenabas en delirio las piedras de una historia / subiéndolas pálido a una bella luz,/ -aunque luego cayeras entre espinas, / lanzado por un fuelle- / rodando ante mis ojos.” Ese texto me impresionó profundamente y se lo hice saber, así fuimos más próximas.

 

Recordando aquel y algunos otros poemas que leí de manera dispersa, supe que Emma Villazón tenía una relación de privilegio con el lenguaje. Filóloga, dicen los datos de su biografía. Filóloga y poeta. El primer libro suyo que tuve para mí, para el tiempo y lugar que requiere una lectura de poesía, fue Temporarias y otros poemas, regalo de Navidad solicitado a mi amiga Alba María Paz Soldán.

 

Lo trajo desde La Paz a esta Cochabamba desprovista. Me llegó el ejemplar número 217 de la edición de Perra Gráfica Taller, concluida en La Paz, en 2016. Después de una primera lectura, al comentarlo en una conversación de tres con otros dos grandes amigos, Igor Barreto, poeta venezolano y Nadia Prado, poeta chilena, supe que en tierras de la vecindancia -palabra ideada por Andrés Ajens, esposo de Emma, allá por 2006 cuando creara este Mar con Soroche para Bolivia y Chile-, se había tomado ya como propia de ciertos círculos de amigos una otra palabra insuflada de amor por Andrés: Poemma. En mi carta a los amigos yo resaltaba, copiándolo de principio a fin, el poema “¿Las palabras son qué?” y pensaba el tono desgarrado y desgarrador con el que la poeta se preguntaba por la materia de su hacer y así de su estar en este mundo: “virutas vaho golpes van a manos/ … polvo/ de tripas/… pero/ las palabras    qué    son/ qué viene a las manos      qué/ a los ojos      al paladar desierto… “. Y al copiar esta pregunta una vez más la angustia producida por una instantánea y renovada empatía me llena los ojos de lágrimas. En una segunda lectura recién pude percibir la potencia de las dos líneas finales del poema: “porque arrimadas a lo estrecho    vamos (temporarias)/ en días sin nombre     recibiendo”. Líneas que me dieron luz sobre la totalidad del libro. “[Y]a baila noviembre, el calor despabila / a la ventana enmohecida en invierno. / su olor remueve las alas maltratadas / por el frío de la acumulación y la constancia. / o por ese falso sueño de entregarse / a la digna, dicen, venta de la fuerza / que al final resulta en ofrenda de la savia… “, así principia una construcción impecable. Como la misma poeta quiso explicarse y explicar a sus lectores: “Temporeras [Temporarias] es una exploración poética sobre el actual modo de trabajo de las fábricas […]” y me quedo aquí aunque ella siguiera: “fábricas que elaboran productos intelectuales… ”.

 

No obstante ese texto de presentación de su propio trabajo fuera incluido en la edición del libro y lo explica todo, en un intento de retomar aquella primera conversación con ella, subrayaré varias líneas: “Dicha búsqueda está a su vez cruzada por el relato de la experiencia de una migrante”. “Macabea”. Maca qué? Preguntaremos una vez más, todas las veces. Y hoy será Emma quien nos responda: Bea. Macabea es un nombre fundamental, aparece en el margen, un pie de página, del poema “[Cuestionario rechazado]”. Nombre clave, llave, signo. Pues Emma Villazón es mujer de una estirpe luminosa: Gabriela Mistral, Simone Weil, Julia Kristeva, Clarice Lispector, Marina Tsvietáieva, Elvira Hernández… Y aquí, en Temporarias, construye diálogo, sorelidad entera, entregada, con La hora de la estrella de Clarice Lispector, incluso con la versión llevada al cine por la productora Suzana Amaral.

 

En esta construcción dialógica Emma Villazón “envía un saludo” a esa Otra, Macabea, migrante dentro de su propio país, originaria del noreste brasileño se traslada a Río de Janeiro como tantas mujeres hay en el mundo expulsadas de su pueblo, de su ciudad, de su patria y continente. Macabea “era tan pobre que solo comió perros calientes” y su historia es la de “una inocencia herida”, la de “una miseria anónima”, como la describiera Lispector, entraña entrañable. Así el poema “De lo arbóreo” de Temporarias: “comer comer comer / manadas de riendas / palabras clave del éxito / tareas de hacer miles de textos / o ejercicios de tipos de palabras / cual viejas poleas de máquina hueca […] comer   comer       colmena fiera/ y nunca engordar / solo / ir llena de pensamientos sin hojas ni claveles / como anzuelos filos clavados en la nuca / nacidos sin dónde“.

 

Y solo porque interrumpiría el curso de lo que voy persiguiendo al escribir no copio el magnífico final de ese poema, en el que se da un salto hacia otra cosa, forma pulidísima, trabajada también de manera relevante en [Cuestionario rechazado] # 1 y # 2, poemas en los que el lenguaje juega pensando o piensa jugando, posibilidad otra e inmensa de la escritura de Emma Villazón que necesitaría páginas aparte. Retomo mi lectura. En el retrato de la migrante que Emma Villazón reproduce: “ella es más que el movimiento mecánico / aprende a cumplir la jornada / como sube enérgica las escaleras del metro: […] todo sea por el oro y el moro, resuena incomprensible / su pecho que se descama a medida que corre por la metrópoli, / y deja una estela de baba maloliente que nadie ve en la calle; / luego / ella es ascendida                a un nivel extraterreno”. A saber: la ilusión, y después la muerte. Preguntas imposibles en su formulación misma se hace la joven Macabea de Lispector, pero Emma sí las atiende, las ramifica, les hace un árbol “con que defenderse de las trampas propias y ajenas”, les hace un bosque: “¿y si alguien se quita el nombre al saludar —al escribir?/ […] ¿es posible vivir incendiada y no cometer delitos?/ ¿qué es la cultura?/ ¿vive quien ama una radio?… “.

 

Macabea amando su radio vive, pues. Se duerme y se despierta con la radio debajo de la almohada. “[U]na caja de resonancia negra arrastra cada uno / y lo más fácil es no interpretar bien esos ecos / y hacer tragedia, cuando las ruinas son polifónicas… “, dice Emma Villazón en otro momento, el poema de inicio “Cuadrícula y estrellas”, en él abría el mapa conceptual y simbólico de la zona a la que ingresamos. “Una caja de resonancia negra arrastra cada uno”. La radio que se ama en los días de radio, sí, voces incorpóreas, tic-tac-tic-tac-tic, la hora exacta, cultura, anuncios. Y también música: “(no, no/ es   retirar   tu   mirada/ de  un/ es moverla/ de                  una silla/          hacerla          bailar/ en las horas)”. Pero Temporarias piensa tiempo y trabajo en un mundo capitalista, entonces también está la máquina que es sudor, día canalla y mudez o por lo menos diálogo interrumpido, saboteado, retardado: “los ejercicios del cuerpo los descuentos / las mancuerdas el ritmo cardíaco / de la fábrica que aprieta que suelta / tus gestos […] perfil ardoroso de oceánico insomnio llevo / que recibe/emite unas descargas o solo rumia / las palabras retaceadas por el diario ajetreo / eso lo no dicho que crece arbóreo… “. Máquina motor bujía, máquina-herramienta-compleja, máquina optimización de la producción de plusvalor. Negra caja de resonancia negra. Devorador constructo. El lenguaje ahí adentro poco puede decir, es desmentido tal como son desmentidas las experiencias del cuerpo sometido a la máquina, Benjamin nombró así la invisibilidad del cuerpo que crea plusvalor en el capitalismo. Experiencia desmentida.

 

Palabra retaceada. Entonces la poeta se ve llamada a “trabajar el delirio y la enajenación desde el lenguaje […] los poemas […] pretenden abrir esas ‘zonas prohibidas’ que la lógica fabril crea […]”. Y las abren, DICIENDO, “como / quien arranca con unos caballos / hacia la ignota isla de un barrio, / un viaje como extraviarse, anularse (lo típico)… “. Ah! no hay lugar para el optimismo. Sin embargo, rememorando, conmemorando en un lenguaje que delirante no pierde en pulcritud ni transmisión de sentido, el poema sigue: “tachados los banquetes, / llegan los susurros de mil aves / (¿acaso río de queltehues o torcazas? / pronunciando lo humano más humano / que olvidamos hace tiempo / viene un ojo y se posa en nuestras narices / ni demandante ni gimiente / y destella el destierro que cruzamos / viajes al gran santiago para vender las pupilas…”. Y aquí cabe preguntarse por la dualidad que define a las manifestaciones, a las experiencias, a la vida en este mundo y también por los conceptos con que tratamos de entender manifestaciones, experiencias, vida, mundo. Repito: destierro, deslumbre migratorio, tras/paso. Pienso: Del arado al tractor, de los caballitos flotantes de totora al metro y subterráneo.

 

De los campos infinitos a las infinitas murallas citadinas. De la temporalidad de la comunidad dialógica y fundante a la temporalidad un poco sorda de la urbe capitalista. Y también se dan los movimientos en sentido contrario. Son posibles. Fueron probados. Destierro, deslumbre migratorio, tras/paso de un territorio a otro, de una vida a otra, aun de una piel a otra y así de un nacer a un renacer, entonces ¿condición humana? ¿potencia de la vida? ¿destinos en todos los casos? ¿Y los viajes de regreso? soy yo la que pronuncia la pregunta esta vez. “Postal de huecos” es el poema que responde: “siempre bajo silencios que guardaban nieve // y entra también un aire materno / del rincón más oscuro y loco de la noche / que ablanda nuestras manos y las hace garzas en las sombras… “. Palabras que hacen que mi pregunta crezca desmedida y garza, debo pedir con urgencia que desde la ciudad de Santa Cruz de la Sierra se me envíe el libro que ya no encuentro en mi anaquel. Llegará tarde, como dije al principio, pero también puntual. Llegará todo nuevo.

 

Repito entonces la pregunta: ¿Y los viajes de regreso?, y Lumbre de ciervos, de Emma Villazón, “uno de los poemarios más brillantes de esta parte del mundo en los últimos tiempos” como opinó Cé Mendizábal, desde su lumbre responde: “No se aleja quien nunca se va, / sale por la puerta real o irreal / y se despide en tono de lluvia ascendente o pájaro. / Nadie parte fácilmente y quizás nunca del todo / de instancias mayores, sobre todo / del lugar del origen…”. Y continúa diciendo el libro, ese poemmario, de rodillas, muy firme, desde lo suyo y más propio: “Quieran la lluvia los fósforos las bicicletas / los rostros frondosos como perros desbocados / detener al ombligo del origen, que no aplaste descendientes al moverse / que la marea natal no devore playas enteras en un inicio / como en el fin.

 

Quiera que en vez de manzanas los ciervos / roben pájaros, mitos, que gocen y escupan, y en los carozos / marquen con aullidos sus nuevos renaceres o estruendos. / Quiera que al hundir sus cabezas en la luna donde pasten se digan: ‘Ya… son las horas de fiesta… ’. Que así sea para esta altísima cierva, Emma Villazón, una de las poetas más brillantes de este aquí y hasta la luna.

 

Cochabamba, Abril, 2017

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