¿Serás vos cimbrándome la memoria?

Presentación de Temporarias y otros poemas, de Emma Villazón

 

Marcela Rivera Hutinel

 

El poeta teje vestidos de seda con gusanos”, anotó Wallace Stevens, entre las reflexiones deshilvanadas que fue dejando en sus cuadernos. El poeta norteamericano, al igual que Kafka, o que Pessoa, perteneció a la estirpe de los escritores que lidiaron durante el día con los ropajes grises del funcionario, respirando con dificultad el tedio uniforme de la oficina. “Entre negocios” (24), con “carpetas cercando miradas” (34), “bombeando planilla tras planilla” (12): las señas que va dejando Temporarias nos anuncian que Emma Villazón también es parte de esta estirpe de poetas confrontados al tiempo funcionario, criaturas bifrontes que afirman la llegada de la escritura con los restos del “día canalla” aun mordiéndoles la punta de los dedos. Las larvas que Emma coge entre sus manos —para hilvanar con ellas este libro de pulso inusitado— crecen en los “abrevaderos de pantalla” (27), entreveradas a las cadencias monótonas de la labor, adosadas a la venta cotidiana de la fuerza. La imagen de “la pc en el abdomen” (29) nos advierte, sin embargo, que ya no nos hallamos en las estancias de traje negro y libros de contabilidad que retratara Pessoa en su escritura del desasosiego. La poeta nos sumerge en ese nuevo reducto del trabajo precario —aquel que Negri y Lazzarato, azuzando a los espectros de Marx, han definido con el concepto de trabajo inmaterial—, esa fábrica difusa en la que imperan las cuadrículas de excel y los sindicatos, como dice un verso del poema “Antecedentes”, mueren en su propio amanecer (20). Para estos obreros de nuevo cuño no habrá derecho a huelga porque la voracidad maquínica del capital ha encontrado el modo de hacer que, en estas inéditas cadenas de montaje, trabajen hasta las palabras, convirtiéndolas a ellas también en temporarias. Recojo estos versos de los poemas “Antecedentes” y “Las operarias”: “de los ochos tipos de preguntas / propuestas por el discurso del análisis / hacen 45 por día, nunca menos / siempre más, mandó la ejecutiva. / En la media luna no se habló / de contratos, bonos, ni plazos / (el sindicato murió en su propio amanecer)” (…) “es sencillo en manos de unas operarias / los ejercicios crecen para pequeños escolares / plataforma educativa en línea con antenas / ofrece contenidos recursos tareas pruebas / el cauce del decir atrapado por empresa” (20, 25).

 

En el primer poema de Temporarias, titulado “Cuadrícula y estrellas”, son los rostros trabajados por este nuevo orden del trabajo —procesión de seres que recuerda la fisonomía alucinante de las cabezas formadas con hortalizas de los cuadros de Arcimboldo—, los que hacen pasar de contrabando el deseo del poema: “caras de anchoas zanahorias zapallos / son los personajes trabajados por jornada / nutridos por el zumo de vidrieras en fila; / entre ellos, una murmura inquieta sin nombre / aplastada: y bien, seré la cazadora de latidos,/ una mosca que ronde por sudores como estrellas opacas” (11).

 

La poeta-trabajadora no solo presta oídos a su propia síncope, acerca asimismo el oído a la “caja de resonancia negra” (12) que arrastra cada uno de sus compañeros de labor, pero su escucha no se deja aletargar por la letanía de la tragedia, procura expandirse más allá del rumor acre que dejan en la garganta los sedimentos de la diaria expropiación: su tímpano sabe reír, tiene la jovialidad de aquel que puede “hacer bailar su mirada en las horas” (14). Si tuviera que prender una de las hebras singulares de la poética pensativa que se abre paso en Temporarias, comenzaría por esta: la de su lúcida risa, que agrieta y acaricia las múltiples voces que traman la polifonía de las ruinas (12) que asoman en este nuevo paisaje de la producción del capital. Leemos en “Retrato de una”: “ella creía haber enmudecido la contingencia / pero nuestras espaldas (la de ella, la mía / y la de otros) seguían trabajando / el fuego de la memoria de cada día: racimos de debacles y elevaciones” (15). Y luego, en “Retrato de otra”: “No hay tejido humano / que no esté entre negocios / datos o números      y no / escriba por el otro lado: / me niego a ser vaca de empresa griega / y lo grite con los gestos hacia el vidrio, / sin palabras, mostrando los dientes y el pelo sucio: / me niego a ser vaca de empresa griega!!” (24). Escribir por el otro lado, sobre el otro borde: los poemas de Temporarias atestiguan la incisión de esa otra grafía que labra los cuerpos del trabajo, pequeños avisos de incendio que despuntan en esas espaldas encorvadas como metal maleable. Según afirma Gilles Deleuze, reflexionando sobre las potencias de salud de la literatura, “se escribe siempre para liberar la vida allí donde esta presa, para trazar líneas de fuga”.

 

El filósofo francés también recuerda que las posibilidades de existencia que el flujo de esta escritura derrama pueden ir hasta la invención de un pueblo que falta. Es esta invención la que presiento deslizarse en el poema “Ventanas voces sueños”. Lo que comienza a oírse gota a gota, como los indicios tenues de una “lluvia asfixiada” (14), en el decir del deseo de una, luego de otra, y de una más de las operarias de esta fábrica de cadencia metálica y contornos imprecisos, se transforma de súbito en el vendaval de un nosotras, de un queremos que descubre un deseo conjugado en común:   “(…) parece que desde el corral de cada una / no se ve hacia fuera; parece que sí, / dice otra: quiero ese buitre de ahí, / dice una; quiero esa fiebre letal / dice otra; quiero que llegue la cogida / de lo incontrolable y su despliegue; / quiero que el viento me empuje y bese (…) queremos que el motor del día se accidente / queremos correr cual agujas febriles fuera del reloj / queremos andar sobre escombros de días útiles muertos” (32).

 

Cuando estas potencias que extrañan, desestabilizan, alteran la servidumbre maquínica de la labor, se dejan decir por la palabra poética, como sucede a través de Temporarias, el lenguaje mismo se muestra insumiso al cauce fabril en que se ha visto apresado. Leemos en “las operarias”: “y es sencillo sencillo el cauce del decir nunca es atrapado / las palabras no son nueces manejables acabadas / acumulables (…) y es sencillo sencillo las palabras no son cosas / son nubes” (25). Dar un cuerpo nuevo a la lengua, inventarle otra piel: es en ese gesto que Jacques Derrida cifra el acontecimiento  de la poesía.  Él, que ha leído a Mallarmé, a Celan, a Hélène Cixous, rescatando el modo en que estos poetas encintan, entallan, marcan la lengua, me acompañaría en el asombro ante la manera en que Temporarias desbarajusta el uso del lenguaje, liberando a las palabras de su corteza de operarias del sentido, de jornaleras del enunciado lineal con desarrollo simple.  Leemos en el poema “retrato de mar”: “subió la noche    y estás / tan abajo rinconcita cuchicheante / pensando dibujando disparates / (…) soterrada máquina averiada de mar / chiste que hace círculos trémulos en el día / subió la noche áspera    escucha     es-/ cucha   es hora de tijeretear lenguaje / con tu cuerpo de estrellas puntudas” (31). Tijeretear, romper la cadena de ensamblaje, para que las palabras temporarias se deslicen como nubes que anuncian la inflexión del tiempo, esto es, la posibilidad de un tiempo otro, “fuera del reloj”: ante la pregunta ¿qué hace el poema? —no ya “qué dice”— (pues ante esta interrogación el poema ríe y “dice que es el poema y que HABLA y PASA”, como recuerda la poeta en Lumbre de ciervos), diríamos que en Temporarias tiene lugar una experiencia de la errancia del lenguaje, y que en este desvío del decir el poema escribe el tiempo como inflexión, como desviación. Es así como Maurice Blanchot define el habla poética como desvío: “Por eso presentimos por qué el habla esencial del desvío, la ‘poesía’ en el giro de la escritura, es también habla en que gira el tiempo, diciendo el tiempo como inflexión, esa inflexión que se vuelve a veces, de modo invisible, revolución”.

 

Este pasaje, que extraigo de un ensayo titulado “La pregunta más profunda”, me permite retomar una última hebra de la compleja filigrana de Temporarias. Ella nos remite a la cuestión de la pregunta. Blanchot dice en ese texto que “la pregunta es el deseo del pensamiento”, pero que la respuesta es el devenir desventurado de ese deseo. “La respuesta —dice— es la desgracia de la pregunta”. En el poema “Antecedentes”, la ejecutiva que ordena hacer 45 preguntas por día —“nunca menos, siempre más”—, dictamina esta desdicha como si fuese una sentencia: “todas las preguntas deben tener respuestas” (20). Pero la poeta-insumisa desobedece, y sus cuestionarios son desechados, rechazados como mercancías estropeadas, “gaviotas machucadas” (12) incapaces de maniobrar en el cielo del intercambio. Los poemas “[Cuestionario rechazado]” y “[Cuestionario rechazado #2]” aparecen como los despojos, los siniestros, del trabajo temporario. Más en ellos escuchamos, en su reverso, el derecho a reír que el poema se prodiga, el disparate que desencaja el mandato que ha puesto a trabajar de ese modo a la palabra. El suyo es otro vuelo. Leemos en “[Cuestionario rechazado #2]”: “¿Qué es la exactitud? (responda sin rodeos) / ¿qué entiende por ‘el acto de conocer’? / (sea riguroso/a; no use mapa ni escuadra) / si un día de estos, de su sombra floreciera un pez / con miedos / ¿qué es lo que conocería en ese instante? / ¿qué es lo que no conocería?” (33).

Ante este nuevo libro de las preguntas (“el libro del hombre es un libro de preguntas”, dice Derrida leyendo a Edmond Jabès) no puedo dejar de reír y de temblar. Y me pregunto de dónde proviene esta risa, este temblor. Y en un responder que no vale por respuesta, sé que proviene de ella, de Emma, del poema que ella escribe. Entonces le dirijo la misma pregunta que Temporarias hace a una hoja de arce, hoja roja, estrellada, de otoño, recién caída. Emma, “¿serás vos cimbrándome, cimbrándonos la memoria?” (27).

 

Santiago, junio 2016.

 

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