Las marcas de Emma Villazón: Desérticas como precuela y puerto de llegada

Andrea Jeftanovic

 

En Chile tuve la fortuna de conocer a la poeta Emma Villazón. Es más, yo diría que ella tuvo la generosidad de desplegar su talento en Santiago, en muy poco tiempo era reconocida por sus pares y por la comunidad académica.  Emma tenía muchas facetas: poeta sublime, brillante estudiante de posgrado, aguda crítica y magnífica editora.  Y me sigue sorprendiendo, ahora con su faceta de cuentista, no lo sabía hasta que me fue remitido el ejemplar  de Desérticas.

 

La escritora Giovanna Rivero me hizo heredar a Emma. Mi querida amiga me comentó de su amiga cruceña viviendo en Santiago y así fue como nos contactamos. Emma estaba más cerca de lo que pensaba, cursaba el Magíster en Literatura Latinomericana y Chilena en la Universidad de Santiago de Chile, donde yo trabajo, y como la amistad es un poder transitivo, Emma se convirtió en mi amiga. Emma era la chica joven que llegaba a mi oficina con cabello ordenado y labios perfectamente maquillados. Intercambiábamos lecturas, hablábamos entrelíneas como lo hace la gente tímida, hablábamos poco de la vida cotidiana pero mucho de literatura. Emma era una persona noble, de esas que te llaman la atención, hecha de otra madera, sabia, discreta.

 

Yo también conocí la faceta de Emma editora, compartimos los secretos que tiene un autor con su editora: el develamiento de errores, los  puntos ciegos, los lugares comunes. Emma recibía mis textos por correo y los leía con dedicación, luego yo recibía en mi bandeja de mensajes los textos intervenidos con sus palabras en colores y la sigla “emv”. Las marcas de Emma era muchas, sugerencias de frases, mejores conectores, también comentarios más de fondo a pie de página o la nube del control de cambios del word. La mayoría de sus comentarios eran precisos, detallistas y firmes.  No se imaginan cuánto aprendí de ella, de la síntesis de la imagen, de la precisión de la palabra. Yo me estaba transformando en su pupila, confieso que comencé a desarrollar una “Emmadependencia”.

 

El último trabajo que hicimos juntas fue un libro de fronteras, de fricciones; nunca pensé que ella me iba a exponer a otra experiencia límite, la de la muerte joven, la de la muerte sorpresiva, la de la muerte demasiado lamentada por todos.  Después de su partida el año 2015, yo como autora quedé varada, desorientada.  Me costaba retomar los proyectos en los que ella me estaba apoyando. Meses después me animé a terminar el libro en marcha y está dedicado a ella, “a las marcas de Emma Villazón”.

 

Desde esa experiencia leo la colección Desérticas de Emma, como alguien [que] me que acompañó en la lucha que tiene todo autor con la palabra y que ahora me ofrece otro espacio para conocer su proceso creativo.

 

Los cuentos de este libro son nueve relatos maduros, de circunstancias inquietantes. Sus narradores y personajes son misteriosos y están en constante lucha con el lenguaje: mastican las palabras, son tartamudas, optan por el silencio o conjugan iniciales tolstianas. En su narración están desplegando su forma de nombrar las cosas, por ejemplo, está en el relato de esa mujer que le pide al hombre de la prótesis que le mienta para no constatar el fin del amor. O,  la que observa a un pájaro guindo que lucha por salir de un marco dorado del tamaño de su pico. La imagen de un pájaro que tiene atorado su pico en el marco es quizás la imagen matriz que recorre estas historias. Se refiere a la contienda que todo autor mantiene con el lenguaje y vemos en esa imagen las estrategias de esa lucha.

 

Pienso en el relato que abre el libro, “Bestia de mí”, de una narrador[a] que me recuerda a Clarice Lispector,  y dice “Dudo de la palabra que escribo. La tarea de enlazar no tiene que ver simplemente con las cláusulas, sino que con las imágenes que brotan y se hilvanan, con las secuencias sensoriales y psicológicas, con el hecho de dejarse llevar sin pensar justamente en las cláusulas”. La narradora busca un momento preciso de distanciamiento, dice “hilvanar cómo fueron sucediendo las ausencias” de quienes compartieron una vida juntos. Ella la que hilvana los exilios, las separaciones, las partidas; la narradora termina diciendo que es una tartamuda de las letras que le regala su texto a un chico mudo que perdió el habla en un accidente.

 

También está problemática del nombra[r;] la identificamos en el relato Desérticas”, cuando sostiene: “mi boca se llena de arena, me creía una estatua pequeña que solamente entendía del sabor del los territorios áridos” para que Clarisa se transforme en una mujer que cubre de plumas de pájaro al hombre con el que pasa una noche. O la lucha con el silencio y el sonido cuando afirma: “Es extraño adecuarse a no recibir respuestas de mi exterior”. O bien en el cuento final, “Ayuda”, dos hermanas son conscientes de su momento de ruptura dentro del entramado familiar para buscar el propio camino y dice: “Supongo que mis palabras saldrán con torpeza de mi boca, como gemidos entrecortados, como si estuviera rompiendo [el sonido] de la realidad que no escucho, como pienso se oye cuando las palomas baten con fuerza sus alas en el aire. Entonces ella me tendrá que decir algo, quizás me pedirá con señas que me aleje o se contente al escucharme y me diga que no le ha pasado nada, que todo está bien, y con el tiempo volvamos a hablarnos como antes”. Recobrar el lazo, el vínculo pasa por recobrar el lenguaje.

 

Emma la narradora que lucha con la palabra y vence, la que sienta en estos relatos la precuela de su búsqueda poética, su nombrarse en ese despliegue de polifonías en fuga. La poeta que funda su propio diccionario y organiza su propia biblioteca. La precuela de lo que viene después, y al mismo tiempo, en Fabulas de [una] caída, Lumbre de ciervos y Temporarias.

 

Emma transitiva en narrativa, una de las tantas Emmas, las miles de Emmas que nos seguirán habitando y hablando. La que nos pide que la leamos con urgencia.  La que dijo en unos de sus últimos poemas, “Transformación”, que dice así: “de la semilla del silencio/germinaba en mí una fuerza de gigante/ con la que sentía doblegaba vientos y montañas”.

 

Que este libro de relatos nos ayude a comprender su hondo proceso literario, el valor de su obra, la semilla de su silencio.

 

Emma, la que debería estar editando este texto, como lo hacíamos cada vez que yo viajaba a alguna feria o actividad literaria.

 

La que nos obliga a transformarnos; la que nos llama a vencer el silencio que deja su vacío y busquemos otras formas de nombrarla.

 

Emma transitiva,

Emma pasajera,

Emma desértica.

 

 

Mayo del 2017

Agregar un comentario