Emma Villazón: el legado poético

Adhemar Majón

 

“Me interesa que los poemas sean interrupciones al lenguaje corriente; en realidad, no concibo la poesía si no perturba el lenguaje, si no es capaz de, como decía Octavio Paz, constituirse en una ‘otra voz’ que desarme los sentidos convencionales sobre el mundo, como un acto violento y de resistencia”. Ese es un fragmento de la ponencia que Emma Villazón leyó el 8 de agosto en un panel dedicado a la poesía boliviana en la Feria del Libro de La Paz, y que constituye el último aporte que dejó en vida sobre su modo de ver y pensar este género literario en el país. La poeta falleció el pasado 19 de agosto en La Paz, dos días después de sufrir un accidente cerebrovascular en el aeropuerto de El Alto mientras esperaba el vuelo de regreso a Santiago de Chile, donde residía. Su inesperada partida conmocionó a artistas bolivianos y extranjeros, quienes veían a Emma como una escritora de enorme talento y temprana madurez, destinada a ser una de las voces importantes de la poesía boliviana.

 

Nacida en Santa Cruz un 4 de enero de 1983, Emma, con solo dos libros, fábulas de una caída (2007); y Lumbre de ciervos (2013, ed. La Hoguera) acometió al lenguaje como ella siempre buscaba hacerlo, fue esa ‘otra voz’ que ahora se escucha como un eco que retumba a lo lejos.

 

Emma vivía desde 2009 en Santiago con su esposo, el también poeta Andrés Ajens, con quien se casó ese mismo año (la boda la hicieron en Tiwanaku). Ambos se conocieron en Santa Cruz en 2008, cuando Emma organizó una presentación de la revista literaria Mar con Soroche. “Decidí venir (a Chile) para comenzar una vida en común con mi pololo, que es chileno y poeta. Digamos que todas las fuerzas astrales de todos los poetas muertos de Chile convergieron en él y me atrajeron como un imán”, dijo Villazón en una entrevista de 2012.

En Chile tuvo una intensa vida literaria y académica, hizo una maestría en Literatura Chilena y Latinoamericana en la Universidad de Santiago, que venció con una tesis sobre la obra de Hilda Mundy (Pirotecnia, especialmente) y la vanguardia en Bolivia. Este año había iniciado sus estudios del doctorado en Filosofía con mención en Estética e Historia del Arte en la Universidad de Chile (uno de los programas doctorales más importantes en el ámbito de las humanidades en Chile). Su proyecto doctoral iba a enfocarse en torno a El loco, de Arturo Borda.

 

Al parecer, es por Mundy que Emma desembocó en El loco, como escribiera en uno de los borradores de su proyecto doctoral: “Planteando una hipótesis sobre las preguntas de recepción y una lectura posible sobre Pirotecnia vinculada con la intertextualidad y el trabajo en torno a la ironía y la parodia, llegué a otra de las obras de este grupo vanguardista que ha merecido gran atención por los actuales críticos bolivianos, El loco (La Paz, 1966), del escritor y pintor Arturo Borda”.

 

También había obtenido una beca de la Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica (Conicyt), lo que le permitía dedicarse por completo a sus estudios y a la escritura poética.
Emma también fue una activa coeditora de la revista de poesía chileno-boliviana Mar con Soroche. Para el siguiente número de esta revista preparaba un texto sobre el poeta cruceño Rómulo Gómez, cuya obra investigó y analizó cuando estuvo en Santa Cruz, la semana posterior a su participación en la feria paceña.

 

Su legado poético se incrementará, ya que dejó un libro casi listo, titulado Temporarias (en alusión al término “temporeras” que en Chile se utiliza para designar a las trabajadoras agrícolas o frutícolas por períodos acotados) que ahora está en busca de editorial; y una serie de poemas que aún no había ordenado, que también podrían ser publicados en un futuro.

 

La preocupación por lo que se hacía en materia literaria y cultural en Bolivia siempre estuvo presente en Emma. Ya en 2006, junto a un grupo de amigos, entre los que se encontraban los escritores Claudia Vaca y Róger Otero, difundía la obra de poetas nacionales en pequeñas lecturas organizadas en plazas, parques y hasta mercados de Santa Cruz. En 2008, junto a otros amigos, uno de ellos el escritor Saúl Montaño, crearon la revista literaria Batiscafo, que sacó solamente dos números.

 

Las pocas oportunidades que ofrece Bolivia académicamente la obligaron a buscar otros espacios en Chile, pero nunca desprendió la mirada de lo que ocurría en su país, en su ciudad.
“Los grandes poetas sobrepasan su época”, decía Emma en esa ponencia leída en La Paz, “[e]stán más allá de su época. En este sentido, no es que ayer hubiésemos tenido grandes poetas, los tenemos desde entonces y para siempre. Un gran poeta es para siempre”, mencionó esa noche, lo que se puede aplicar a todo lo que dejó para la literatura boliviana con sus libros.

 

Sobre su obra

“Imagino a Emma leyendo durante los 90, locos y anómicos años, ya no de asfixia política sentida en el cuerpo, como fueran los períodos dictatoriales, pero sí de retorno a una insípida democracia, que poco o nada significa para el sujeto, años de cierto adormecimiento creativo”, menciona la crítica literaria Claudia Bowles, quien fuera docente de Emma en la carrera de Filología Hispánica, de la Universidad Gabriel René Moreno, y quien formó parte del jurado que le concedió en 2007 el Premio Nacional Noveles Escritores por fábulas de una caída. “Especulo entonces que los cuadernos de notas, esos delgados cuadernos de ‘escuela’, serían poco a poco –y a lápiz–, tallados como una respuesta a la heteróclita realidad, llena y vacía a la vez. En Ciudad por ejemplo expresa ‘Qué ajeno sueño / vivir en la pacífica ciudad’; donde la ciudad, es una maquinaria de violencia, y ella, en ese espacio no tiene un lugar: ‘mi rostro no me pertenece me digo, no tengo futuro.’ La ciudad es una fiesta. Una borrachera sin fin. El poema, en cambio, un rito seguro, esperanzador, donde cabe la sospecha de que llegará el agua purificadora. Ya en Haciéndome cargo, donde convierte los oficios domésticos en rito sagrado, lo dirá de manera más serena. ‘Es un alivio ver cómo el agua limpia, absorbe y se lleva todo’, agrega Bowles.

 

“‘No se aleja quien nunca se va/sale por la puerta real o irreal/ y se despide en tono de lluvia ascendente o pájaro.’ (Parlamento). Entre lo hermético y lo festivo, lo oscuro y lo amoroso, el encierro y la luz, así se acuna su palabra en Lumbre de ciervos. Y asoma un último gesto, que la libera de lo regional/nacional para realizar el viaje ‘de su mano’ a la palabra, al poema, a la poesía. La vida seguirá siendo fiesta y entierro y Emma habrá logrado transitar del terrenal espacio donde todo conduce a una efímera calma, a la insondable, eterna y universal región de la palabra, la patria del poeta. La única posible para Emma”, concluye Bowles.

 

La escritora cruceña Liliana Colanzi sostiene que la poesía de Emma –en particular Lumbre de ciervos– no se asemeja a nada de lo que se ha hecho y se hace en Santa Cruz, y tal vez ni siquiera en Bolivia. “Hay conexiones con el misticismo de Sáenz, pero su escritura es de carácter más hermético, más onírico, de una sintaxis estallada y mutante que recuerda a Vallejo o a Lamborghini. La poeta le saca verdaderas chispas al lenguaje alterándolo y recombinándolo, erosionando su sentido hasta que la palabra brille en toda su extrañeza. Emma sabe que el poeta nunca llega a conocer qué dice el poema, ya que apenas es testigo de su aparición de la misma forma en que se puede presenciar el tránsito fugaz del rayo: “Ahora sé que si viniera alguien a preguntarme qué dice el poema/ no haría más que oírte clara y oscuramente: / ¡¿El poema?! Dice que es el poema y que HABLA/ y PASA!”.

 

Colanzi señala que Lumbre de ciervos está atravesado por la cuestión del origen, concebido como nacimiento y nacionalidad, como lenguaje y también como regreso a lo que existe antes de la fractura del lenguaje, la condición animal (“Recuerda, recuerda, siempre/ tuvimos la piel de lo animal”). “Para Emma, el origen es una marea natal devoradora ante la cual su poesía se rebela reclamando “un jazmín/ sin geografía ni estirpe a considerar/ más valioso/ que joya/ imprevista:/ no saberse otra ni la misma/ no saberse/ (más que el estilo de lo desasido -centelleos/ marinos”, arguye la autora del libro de cuentos La ola (Ed. Montacerdos).

 

Desde Chile

La poeta chilena Marina Arrate fue una de las amistades que hizo Emma en su residencia en el país trasandino. Arrate indica que la poesía preciosa de la autora cruceña se funda en la palabra precisa, rica en recursos, en la que Emma aventura su pensamiento con delicadeza, casi con miedo. “Poco a poco va dibujando un recorrido que le permite llegar a la sentencia exacta, para sorpresa y sobresalto del lector: ‘Nadie parte fácilmente y quizás nunca del todo/ de instancias mayores, y sobre todo/ del lugar del origen, de esa torre ambigua/ y amenazadora, siempre hambrienta de sueños idénticos’”.

 

Para Arrate, Lumbre de ciervos es un libro cuyos audaces y ricos temas de reflexión se vuelven una aventura inusitada, compleja, sorpresiva, aún para la misma hablante de los poemas. “Cada vez que escribo siento que me acerco/ a una puerta diáfana, a un estanque de agua – femenina- (?),/ aunque luego. Deberías titular/ el libro: la vida está oculta”. Este otro texto también es destacado por Arrate: “No he desaparecido, estoy en un sueño/ revestida por otro viento de sueño, en el que no puedo fiarme de los nombres/de mi cuerpo ni de los días venideros”.

 

“Una metafísica de otra presencia se avizora en esta búsqueda compleja que va buscando ‘incendios, emanaciones sin letra/ flores dobles: un río alzado en la voz que no cesa’. Y en un diálogo con Mistral: ‘para que cumpliera el compromiso, la cita/ a ciegas con ese alguien, algo ¿del más allá?’. O, esta otra cita que recojo de su poema llamado Lady Godiva: ‘Ella creyó en la palabra “límite”, pero como Bishop dijo de Moore:/ salió por los cielos, las ciudades, indeterminada, incierta, capucha/ de luna’, añade Arrate. “Aquí el aparente hermetismo de su poesía está al servicio de esta búsqueda que se juega entre los intersticios de la palabra, sorteando las trampas de la convención, hasta desembocar en el hallazgo, la fiesta: ‘No, ya no era mujer, sino lluvia oblicua dorada en la ventana del lenguaje’. Y más allá, en el mismo poema: ‘la disolución del ser bajo el otoño, la estocada, la estocada que recibe una cuerva en el/ pecho al convertirse en su propia madre, padre, Leteo, poesía y Pessoa, y emerge casi muerta o santa levitando por los campos’”

 

“No quiero pensar en estos últimos versos de su libro, como una aguda premonición. Pero sí, lamentar profundamente su muerte, pues ya se avizoraban las buenas nuevas de un ser libre, con una gran potencia expresiva, plena de saberes y experiencia, habitando en el hallazgo”, finaliza Arrate.

 

[1] Publicado en Brújula, suplemento literario de El Deber, Santa Cruz de la Sierra, el 14 de Septiembre de 2015

 

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