Desertar (d)el lenguaje

Giovanna Rivero

 

Quizás una de las tareas más difíciles para el ser humano y, en consecuencia, para un escritor sea la de desapegarse de su tiempo y de su espacio inmediatos, esos dos grandes vectores que enmarcan lo que llamamos “experiencia vital”, y proyectar aquello que imagina en dimensiones temporales y espaciales capaces de transgredir su mundo conocido, de indagar en él desde una nueva mirada, como desenmascarando una profunda Atlántida.

 

Cuando se consigue ese desapego, ese desprendimiento de lo conocido, la escritura revela algo más, algo que con cierta prisa llamaré “experiencia espiritual”. Así, la escritura entregada a sí misma se constituye en un puente que nos cruza de lo vital representativo a lo espiritual intuitivo, un territorio donde es imprescindible la confianza, no ya en el lenguaje, que es apenas la primera piel de las cosas dichas, sino en la fuerza de la transformación, ese momento en que lo grande o lo pequeño pierde su identidad y emerge de otra forma. Creo que Desérticas es un recuento de esos instantes de transformación que Emma Villazón supo atrapar precozmente con la serenidad de su prosa.

 

Es tal vez necesario decir que el título de este conjunto de textos que Emma dejó para que repensáramos la profunda significación y belleza del concepto de “incompletud” no fue una decisión suya. O quizás sí, pero de un modo vicario, posterior y extraño. En el trabajo de edición, sus amigos descubrimos que esta palabra –desérticas–, presente en uno de los títulos de sus relatos, brillaba discretamente. La desposesión, la soledad como camino, el horizonte como guía, la renuncia a esa riqueza a veces sólo plástica del lenguaje, todo ello palpitaba en ese sema-semilla. Y lo tomamos para nombrar su libro.

 

Así, pues, Desérticas. En femenino y en plural, como las obreras de algunos de sus poemas. Desérticas. Sin la ambición nominal del sustantivo, apenas la condición circunstancial de un paisaje, la manera en que se presenta a los ojos, acaso como un sencillo misterio sujeto a los cambios de la luz.

 

Entonces, Inmersa ahora en las escenas de Desérticas, recibo de pronto la epifanía de la imagen de una carta del tarot, la de la “Fuerza”, en la que se nos presenta a una mujer en total dominio de un león, abriéndole las fauces, agarrada con firmeza de sus colmillos, sin temor ninguno, pero levemente inclinada sobre el animal, casi doblegándose a su forma cuadrúpeda. La mujer lleva un signo del infinito sobre su cabeza. En Desérticas, la prosa de Emma se comporta así, consciente de que la energía de la imagen debe imprimirse con paciencia, con serenidad, de tal modo que en la totalidad de ese animal absoluto que es cada cuento, podamos, al leer la última línea, sentir que el brío del espíritu está distribuido, en cada letra, en cada silencio, y que trasciende el propio texto y se comporta con esa sensación de aura que dejan los sueños o los recuerdos muy antiguos.

 

Tratando de que mi memoria sea lo más fiel posible a las conversaciones que sostuve con Emma sobre literatura, recuerdo que ella reconocía las diferencias discursivas y operativas entre la poesía y la narrativa. Nunca caímos en el tedio de enumerar o clasificar desde un innecesario fundamentalismo esas diferencias, pues no se trataba de elaborar defensas, catálogos o taxonomías rígidas que justificaran nuestras búsquedas, pero sí es posible que Emma considerara importante pensar desde qué pulsiones o desde qué lugar del corazón ella emprendía sus dos escrituras, la poética y la narrativa. Me consuela saber que todas esas veces que conversamos la animé a explorar en ese territorio, que, si bien en su profunda sensibilidad, no era el prioritario, pues la poesía ocupaba plenamente sus deseos, le llamaba la atención, quizás porque funcionaba como una suerte de límite a la libertad radical que ella profesó en su trabajo poético. Por suerte para todos nosotros, en estos relatos Emma creo diálogos, situaciones, personajes en los que podemos reconocer la impronta poética.

 

Es precisamente allí, en esa resistencia poética, que como la marea azota los músculos tercos de las piernas, donde Emma Villazón levanta sus escenas narrativas. Igual que un astronauta lunar sin oxígeno, sus cuentos nos ofrecen protagonistas extranjeros, secretamente desterrados de su propia existencia. En “Bestia de mí”, por ejemplo, la narradora revisita con la memoria las fiestas en la casa paterna, pero ese revisitar la conduce a una contemplación levitante de la pesada tarea de escribir, como si el cuerpo astral de la escritura se desprendiera del texto, tal vez ensayando precisamente el íntimo acto de morir, morir en el lenguaje:

 

“Dudo de cada palabra que escribo. La tarea de enlazar no tiene que ver simplemente con las cláusulas, sino con las imágenes que brotan y se hilvanan, con las secuencias sensoriales y psicológicas, con el hecho de dejarse llevar por ellas sin pensar justamente en las cláusulas. Definitivamente, no son las cláusulas frías lo que me aterra, no es enlazar, sino escribir. ¿Pertenecen esas imágenes, esa textura, a algún lugar que desconozco? ¿Pertenecen a una cascada que me acompaña siempre? La escritura me da vértigo, eso quería decir. No es el abismo de la página en blanco, es ese hacer a partir de la ausencia, que en realidad no es tan ausencia. Es ese ir oyendo y trayendo el agua de la cascada hacia el papel, a veces como una autómata con frenesí, a veces con temblor y frío”.

 

Estos, los de Desérticas, son efectivamente cuentos “con temblor y frío”, características naturales de una pulsión gótica, es decir, del deseo oscuro de abrazar el ánima atribulada. Por ello, considero que algunos de los símbolos que Emma Villazón ha sembrado en este libro –el ave, la jaula, el féretro, el cuadro, el cuerpo que yace sobre un lecho, la noche profunda y la brisa convirtiendo la ropa en membranas de gasa– se multiplicarán en nuevas significaciones que las sucesivas lecturas nos irán revelando. Igual que uno de los personajes de “En regiones desérticas”, es posible que la lectura de este póstumo regalo nos transforme de un modo insospechado y terrible, y entonces, al incorporarnos (esto es, al intentar recuperar la carne para integrarla al espíritu, tal vez ya definitivamente tomado por el mundo de Emma), plumas negras se desprendan de nuestros omóplatos, de nuestras palmas, de nuestros hombros, liberando así nuestra verdadera naturaleza.  Porque también de eso se tratan los cuentos de Emma, de la anacronía como trascendencia, de la sorpresa necrósica como felicidad. Los suyos son relatos desprendidos de las cosas inmediatas, casi huérfanos de referencias, y es en este despojo voluntario donde mejor florece el cactus de su lengua.

 

(2017)

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