… corriendo con mis poemas/ hacia alguna parte.

. A propósito del libro

post mortem de Emma Villazón, Temporarias.

 

Pamela Romano

 

 

El libro en verdad es Temporarias y otros poemas. Otros poemas pone de manifiesto la interrupción del proyecto de escritura por la muerte de la poeta en agosto del 2015 —una interrupción doble, precisarán los editores (Marcelo Villena, Mónica Velásquez, Giovanna Rivero y Andrés Ajens) cuando se refieran al libro que vio la luz en dos ediciones, la boliviana (La perra gráfica) y la chilena (Das Kapital). En otros poemas, además de rastrearse ya una lectura (que quiere escoltar y hacer eco a la escritura en preparación interrumpida de la poeta, y en procura de mostrar la doble abertura del libro), se enseña “lo excluido” del proyecto con estatus de continuación o germen del delirio visceral de la poética de Temporarias, delirio que ahonda sobre el problema que supone la urbe, y es dirigido a la lengua y a la mirada de la poeta y sus lectores. Si se incorporan otros poemas no es sino para colaborar en la delimitación de la experiencia en la ciudad moderna-postmoderna-de-tiempos-sobrepuestos de la trabajadora temporera, tema en el que excava el libro.

 

Había que enterrarse/ y salir caminando[1], Sacarse los huesos y vivir[2], lo recuerdo bien todavía,/ me perdí y no toco ni mis cabellos[3]. En varios momentos se identifica la experiencia en la ciudad como la de una profunda contradicción y desencuentro. La experiencia urbana es profundizada desde otros poemas, por ejemplo en aquel poema irónicamente nostálgico y alucinatorio dirigido a la primera máquina hiladora con nombre de mujer “Jenny” que optimizaba la producción por el reemplazo de la fuerza manual de los trabajadorxs. Germen o continuación, aparece el rastro de los hilados culturales de la poeta que, a lo Benjamin, reporta reflexiones históricas (materialistas) de ida y vuelta para la poesía. Este proceso es evidenciado a partir de la “ampliación” que supone otros poemas. En el poema en cuestión, la inserción de Jenny en la fábrica provoca un irremediable (des)ajuste en el imaginario y praxis: Hoy ya no regamos los infinitos campos, / sino unos largos dedos eléctricos de araña ciega.

 

Aquí el cambio material es sustantivo y es un shock, un trauma en el cuerpo y su velocidad. Históricamente este cambio incitaría la primera huelga sindical en Inglaterra; poéticamente, y en sofisticados tiempos de dedos eléctricos en retweet, esta experiencia insiste sobre la memoria cultural de la poeta, presuntamente hasta el delirio. Emma expresa este deseo de manera explícita en un documento (carta a jurados de un certamen literario) incluida en las ediciones de Temporarias, donde aclara que su proyecto de escritura es conducido y operado por el delirio, y es su deseo ver afectado de manera radical el lenguaje[5].

 

“Si logramos hacer llegar los trenes a la hora en punto, habremos dotado a la humanidad del instrumento más eficaz para la construcción del nuevo mundo.” Y este medio se llama cronopolítica. No era aún la cibernética, sino la cronopolítica. A partir de ese momento, se produce una pérdida de afecto por el terreno, por no decir del territorio, y de ahí el comienzo del fin del campesinado y de la oposición campo/ciudad a favor de la última, el gran drenaje de las poblaciones rurales hacia las ciudades industriales. (Virilio, 21, El cibermundo).

 

En Temporarias la voz poética también es la de una migrante —lo sabemos a partir de esos otros poemas, lo que resuena con aquello que sugiere Virilio, el urbanista pesimista, que el revés necesario e intrínseco de la experiencia citadina es la experiencia de extranjería. La voz poética no deja de ironizar al respecto: érase una campesina maquillada/ que se hizo astronauta al pasar la frontera. Esa campesina, puntualiza, va con una sonatina boliviana[6] y, un poco más acá de la inevitable coreografía patriótica, sabemos que vocifera su demanda marítima.

y destella el destierro que cruzamos

viajes al gran santiago para vender las pupilas

viajes de regreso con el hígado ardido

siempre bajo silencios que guardaban nieve[7]

 

virutas vaho golpes van a manos

al salir o entrar a calles                    polvo

de tripas  acaso   pero

las palabras    qué    son[8]

 

Atravesar la ciudad es el movimiento base, es el trazado necesario para la escritura que no deja de sobreponerse al vender pupilas. El movimiento veloz del mercado en que el salario, la faena y el tiempo, para las temporeras, no deja de especularse, está íntimamente ligado a la escritura de poemas. ¿Escritura y transacción pueden acaso equiparse, pueden ser operaciones análogas u homogéneas? Esta sobreposición no es sino un cruce y choque de tiempos disímiles que el mercado normaliza, que la poeta delata sosteniendo en el cruce pero/las palabras qué son. Al cruzar la ciudad quizás alguna palabra pueda alcanzarse o posicionarse ágil y ligeramente, destellando, para la poesía.

 

Jeden Morgen, mein Brot zu verdienen

Gehe ich auf den Markt, wo Lügen gekauft werden.

Hoffnungsvoll

Reinhe ich miche in zwischen die Verkäufer.

(Brecht)[9]

 

La escena de la compra y venta, en que la relatividad y variabilidad de la verdad es funcional al mercado, resuena en la ciudad de Emma y se explaya ejemplarmente en algunos poemas, poemas que parecen cristalizarse —también trisarse— cuando o en el momento en que se atraviesa ese espacio denso en partículas —polvo de tripas— que es la ciudad. Atravesando la ciudad, la voz se hace instantánea, rápida y, en últimas, dispuesta definitivamente a la bifurcación. Parece construirse así la polifonía en este libro.

 

trabajar, entonces, es probar retirar tu mirada de un

calculado vacío de bujías   y llenarla de  encaminarla  a

 

(no, no

es     r e t i r a r   t u   m i r a d a

de un

es    m o v e r l a

de                                       una silla

h a c e r l a                  b a i l a r

en las horas)[10]

 

El tratamiento sobre las voces (o la voz reflejante, mercante) es lo que perfila el desencaje continuo del lenguaje a favor de las palabras que para la poeta no son intercambiables ni negociables, las palabras para la poeta no son cosas /son nubes.[11]

 

Así expuesta, basada además en la experiencia (hecho remarcado en el testimonio de lectura de Oyarzún en la edición chilena de Temporarias), la escritura aparece como un gesto decisivo de sobrevivencia. Las voces de las trabajadoras deliran, están al acecho del canto, (se) vociferan; las mercancías por palabras aparecen instantánea y sintácticamente “fallidas”, con intenciones claras de liberarse. Bifronte así suena:

 

si diversas carpetas cercando miradas

todas digitales porque los papeles ya estorbo

el mar clamando fecundos misterios, junto con

protestas de pesca, el mar flameando desde una vacación

 

el acto más límite: orgasmos, pulpa

si multitud de carpetas, la cabeza se abría

se bifurcaba, era jardín de senderos con un polen[12]

 

La experiencia aparece como revés de la escritura y el llamado vital del cuerpo —orgasmos, pulpa— se hace evidente, potencial. Es incuestionable que escribe un cuerpo, un deseo, lo que se potencia aún más cuando en el corriente de nuestra lectura ese cuerpo (imaginado) está irremediablemente ausente. La ciudad es atravesada, no para re o des territorializarla, más bien para ver emerger de ella lo no dicho que crece arbóreo[13], especie de ecología poética en procura de un milagro, uno mustio y natural —aunque no gratuito ni sencillo.

 

B

 

En el delirio de la lengua —y de la mirada; tras o dentro, pero intermediando, un cristal. El cristal o vidrio que es ingenio definitivo de la urbe y es signo de algo que Benjamin reconocía como enemigo del misterio, y en relación directa con la propiedad.

 

tras el vidrio o dentro del vidrio

es puro viajes notas convencimientos

de metas placeres: nadie está perdido

nadie habla con la tarde desde su axila

nadie se para al borde de sus propias cataratas

nadie intenta saltar más rápido que el desgaste

nadie muestra su tambor y va con él hasta su extremo[14]

 

El lugar desde donde se escribe supone una radical voluntad y autoconvencimiento porque no hay nadie, nadie aquí, tras o dentro del vidrio, que muestre su potencia resonante de individuo y sea alguien. La voz poética, además de revelar el claustro diáfano de aquel mundillo mercante, exige a ese mismo mundo todavía el misterio y una posible “aparición”, desde los mismos formatos sintácticos y carpetas cercando miradas que su trabajo estandarizado le suministra:

 

si un día de estos, de su sombra floreciera un pez con miedos,

¿qué es lo que conocería en ese instante?

¿qué es lo que conocería? [15]

 

¿Hace estas preguntas la voz —y otras tantas— a quién exactamente?, ¿se dirigen a ese nadie colectivo y en tercera persona que está tras o dentro, libre o detenido? Lo cierto es que en Temporarias asistimos a estas preguntas que, dirigidas a nadie, se vinculan a una insubordinación que se fundamenta en hacerse cargo del peso de una voz, de la densidad de una mirada, de hacerlas bailar/ en las horas.[16]

 

Una mirada desde la alcantarilla

Puede ser una visión del mundo

La rebelión consiste en mirar una rosa

Hasta pulverizarse los ojos

(Pizarnik)[17]

 

Posicionar los ojos es una maniobra poética, por tanto una decisión política, para Pizarnik una rebelión. La voz donde interfieren distintos tiempos, el tiempo existencial, el tiempo eficaz —el del trabajo—, el tiempo histórico y el tiempo íntimo, se pregunta en Temporarias, qué viene a las manos           qué / a los ojos.[18] Una manera de buscar lo invisible por verse, o esas nubes que no siendo cosas son palabras —para la poeta. Porque justamente la omnividencia de occidente y la sobrevigilancia tecnológica no hacen sino oficializar el rechazo por lo invisible que puede, sin embargo, alzarse como un árbol. Lo invisible se alza y también lo no dicho; la voz pregunta ¿a quién le pertenece el silencio?[19]  y en esa pregunta radica el corazón de esta poética.

 

El fuerte latido y galope de Temporarias, al ras, pone otra vez sobre la mesa el problema de la relación siempre desigual entre escritura y trabajo, tema fundamental para las mujeres escritoras del XX, y reflexión de trinchera que aún permanece por la independencia de estilo, voz y corporeidad. En el documento anexado a Temporarias, Emma nombra a muchas de estas mujeres; por mi parte añadiría a varias otras, de cajón a Woolf por tu reflexión temprana acerca de la relación entre escritura y pobreza en su bello ensayo A Room of One’s Own, a de Beauvoir, a Carson, a Angela Davis (por su pensamiento acerca de la liberación permanente como única posibilidad de libertad), y definitivamente a nuestra Hilda Mundy invisibilizada en su época, incuestionable para la literatura nacional moderna. Emma fue estudiosa de Mundy y la vanguardia, resultado es su tesis de maestría elaborada en Chile, de urgente publicación en Bolivia.

 

El problema de ser escritora y relacionarse con el mercado, muy puntualmente desde la poesía, es un tema que está presente desde los primeros poemas publicados de Emma, poeta que desde su siglo XXI se integra a este inmenso y fundamental devaneo y contienda. En Fábulas de una caída (2007), su primer libro, releo un poema que cuelga de un hilo que lleva a la enarbolación de Temporarias (es un montaje, una “hipótesis”), donde casi es visible la escena en que la hija conversa con la madre acerca del trabajo y la poesía, y la madre le dice: No sé lo difícil que sea para vos/ escribir y trabajar en estos tiempos/ pero si es necesario/ debes sobornar al sol. Eso le dice la madre (de ese entonces) a la hija. La hija y la poeta (de ese entonces) ya atravesaban un territorio, me quedaba con los ojos abiertos de ciega —escribe, atravesando— y me imaginaba corriendo con mis poemas/ hacia alguna parte.

 

De la poeta ahora que corre el 2017 no se sabe mucho, es mezquino lo que entrega la muerte. Lo que entrega la poesía destella, y da para rato.

 

 

 

[1] Villazón, E. (2006) Temporarias y otros poemas, Santiago: Das Kapital, p. 28.

[2] Ídem.

[3] Ídem, p. 21.

[4] Ibíd., p. 50.

[5] Ibíd., pp. 58-59.

[6] Ibíd., p. 41.

[7] Ibíd., p. 35.

[8] Ibíd., p. 35.

[9] Todas las mañanas para ganarme el pan/ voy al mercado donde se compran las mentiras. /Lleno de esperanza/ me coloco en las filas de los vendedores. Brecht, B. (2002) Ochenta poemas y canciones, Jorge Hacker (trad.), Buenos Aires: Adriana Hidalgo, p. 150.

[10] Villazón, E. (2006) Temporarias y otros poemas, Santiago: Das Kapital. p. 14.

[11] Ibíd., p. 25.

[12] Ibíd., p. 34.

[13] Ibíd., p. 16.

[14] Ibíd., p. 52.

[15] Ibíd., p. 33.

[16] Ibíd., p. 14.

[17] Pizarnik, A. (2002) Poesía completa, Barcelona: Lumen, p. 125.

[18] Villazón, E. (2006) Temporarias y otros poemas, Santiago: Das Kapital. p. 30.

[19] Ibíd., p. 23.

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