A manera de prólogo o entusiasmo previo

Cé Mendizábal

 

“Recuerda, recuerda, siempre / tuvimos la piel de lo animal”

 

Emma Villazón, Lumbre de ciervos.

 

El tiempo, el oscuro alud de Heráclito —variando un poco el verso de Tamayo—, habrá de confirmar a Lumbre de ciervos como uno de los poemarios más brillantes de esta parte del mundo en los últimos tiempos. De un dilatado tiempo, en rigor. Y perdón por la amplia redundancia. Por lo manidamente circular. Y perdón por el entusiasmo. La emoción, esa vieja que tantas veces lleva a la extravagancia, me arrastra de la mano cuando leo los primeros versos: “Ubica la hija el cuerno / lo tañe distribuye peces en tono alto”, y me tiene así, tomado, aunque mejor debería decir embebido a lo largo de muchas páginas.

 

¿Y qué decir de “Ubica la rauda el trueno lo acoge / se dedica a raspar y raspar con él en lo seco / hasta que avizora incendios emanaciones”? Emma Raquel Villazón, la dueña de las líneas aquí citadas, la dueña del epígrafe de inicio, la re-creadora de esta poética que se lee y se mira con una mezcla de admiración y asombros de distinto ropaje, no solo raspa y raspa sobre un lenguaje de variada hondura y densidad, sino que además comprime y estruja la sintaxis —como para decirnos que el laberinto es el sueño de la línea recta—, incursiona en lo hermético  como para decirnos que es necesario voltear y lanzar las piedras al aire para descubrir sus sentidos y nuestro sentido. Otras veces solo repite, y con esto quiere hacernos saber que el marasmo en el que solemos vivir requiere que algo o alguien nos llame dos, tres, cuatro veces para que se deshagan los maleficios. Las cosas —las palabras— van cobrando vida hasta alcanzar un rango autónomo: ¿quién habla aquí?, se pregunta la poeta al final del poema “Un horizonte: una mano”. “Ni la autora lo sabe”, se responde ella misma. Ese es el punto, el paroxismo y el éxtasis que alcanzan los objetos, los seres, las partes del cuerpo y las propias palabras: el gozar de una vida de la que solo intuimos, a golpe verbal, a golpe de imago una que otra respiración, uno que otro movimiento. “… por eso intocable que se aspira rozar / desde la acequia a la neblina que apacienta / el cuello del valle”, dice Emma Raquel y la sospecha se nos muta en certeza.

 

Estas vastas operaciones poéticas se realizan con naturalidad, pero también con dolor e insistencia: “raspar y raspar con él en lo seco”, nos dice la poeta. Y cuando saltan “los incendios”, “las emanaciones”, sabemos que los poderes fiados aquí han sido debidamente correspondidos y por un momento —que en este lugar, o donde sabe el lector, goza de un rango de eternidad— se ha cumplido con la vieja tarea del poeta, de hacer poética la realidad:

 

“Si una
solo quiere hablar
como ir a la guillotina
de lo sublime
y no puede mirar siquiera a los ojos
de su interlocutor traidor
a pesar de que se cree
la poeta que arroja su propia casa
por la ventana, la que desgarra
la dignidad de la piel como un vendaje,
la conocedora de los sesos antes de que parlen.
¿De qué dureza hablamos, entonces?”
Festín entonces. Fiesta. Tiempo sin reparos que Emma Raquel nos obsequia a manos llenas.

 

Otro de varios puntos muy altos: hacia el centro del libro, la poeta ha incluido una carta de Marina Tsvetáieva dirigida a Rainer Maria Rilke, donde aborda el tema de la nacionalidad. El asunto es de vital importancia y quizá nunca mejor atendido que aquí: “Te conviertes en poeta (si acaso es posible convertirse en él, si no se es desde el nacimiento), para no ser francés o ruso, para ser —todos. En otras palabras: tú eres poeta porque no eres francés”, dice Tsvetáieva a Rilke.

 

La nacionalidad excluye mucho, muchísimo más de lo que incluye. El poeta, en algún momento de su prolífica vida, se deseará esquimal o polaco o japonés y lo será, con plena seguridad, hasta la hora aciaga en que alguien pretenda recordarle su nacionalidad: esa roca a la que ha aprendido a amagar, pero que le persigue flotando por encima de su cabeza, a la espera de poder aplastarlo otra vez. “Marina tu oído es el cuenco donde mis brazos se multiplican se desarman / bailan / y te besan”, le dice Emma a Marina Tsvetáieva esa (otra) “cierva fugada de sí”, en uno de los poemas más conmovedores del libro. Marina Tsvetáieva es, sin vuelta, la poeta que reclama la universalidad del poeta. Una universalidad que Emma Raquel Villazón adscribe desde la primera a la última línea.

 

La Paz, octubre de 2012.

 

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