Dossier / Esperaré un mar para mi niño

Alejandra Ocampo (Río Gallegos / Neuquén)

 

ESPERARÉ UN MAR PARA MI NIÑO

 

Bajando por la barda neuquina baja una boliviana con su hijo en el aguayo…, la miran un par de idiotas que se ríen de su andar chueco y cansino. Ella me dice que va al curandero porque el niñito hace una noche que no come y solo tiembla, la acompaño hasta la casita cercana rodeada por un par de autos carísimos. El realismo mágico no es privativo de la clase social, eso lo sabía pero esto es una cachetada que me despabila reafirmando que así es, que detrás de cada disfraz de última moda con sentido de pertenencia, de cada cara maquillada o impecablemente afeitada, duerme tranquilo un inquieto niño que espera la fumarola del curandero para “saber”.

Pido permiso para que la dejen pasar primero, una dice sí con cara de culo, otro dice no, otro dice que golpee y que decida el curandero, hago eso.

La boliviana con la mirada pegada al suelo me dice bajito “deje nomás, siora, io espero”.

 

Yo espero como se espera un milagro.

En el tiempo que es ahora, el tiempo que no es más que esto, ahora y que va pasando para ser pasado.

Yo espero, señora, ¿no vio mi piel?

Mi himno es otro, mi lugar es otro pero estoy acá y soy esto.

Mi himno es otro, pero pienso en un himno que no sea otro que sea uno, pienso en mi color y en el suyo, pienso en mi caminar y en el suyo. Los olores son como hijos perdidos, como aquellos que nos robaron porque, sepa usté, señora, que aunque mi tiempo es este, llevo tatuado desde la panza de mi madre, el dolor de aquella invasión.

 

La vergüenza de imaginar lo que pensaba no me dejó dormir durante varios días, hubiera querido poder cargar mucha, pero mucha agua para que tuviera un mar que sanara a su niño.

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